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Internacionales

Sergio Ramírez: el petróleo vuelve a encender el sentimiento de soberanía

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Un meme que corre por las redes sociales resume, con humor negro y muy latinoamericano, el pacto petrolero entre el Ejecutivo de Trump y el de Delcy Rodríguez, que no deja de ser otro gobierno del presidente Trump. La broma apunta a que la operación debía servir para sacar del poder a los chavistas y dejar el crudo en la región, y no para lo contrario.

Visto en frío, el aparatoso golpe de mano para “extraer” a Maduro cosechó un amplio respaldo, al margen de si violó o no la soberanía nacional, porque no se trataba de un presidente legítimo: había llegado mediante fraude electoral y había encabezado un desastre institucional repetido. Hasta ahí llegaba el consenso. Lo que ocurre ahora es que Trump, al reservarse la mayor porción del petróleo venezolano, devuelve el vigor a uno de los símbolos del nacionalismo latinoamericano.

Con el nacionalismo conviene andar con reservas, porque se vuelve peligroso cuando se levanta sobre doctrinas excluyentes o supremacistas. La noción de nación soberana en América Latina parte de otra cosa: de la necesidad de proteger lo que un país mayor y más poderoso está en condiciones de recortar o arrebatar. Desde la independencia, ese afán de defensa se dirigió primero a Inglaterra y después a Estados Unidos. No nace de una teoría ideológica, sino de la explicación razonada de una reacción frente a amenazas territoriales o políticas.

En 1898, con la derrota española en la guerra de Cuba y la independencia de la isla frustrada, la reivindicación anticolonial se convirtió en antimperialista. Es la pugna entre Ariel y Calibán, planteada antes por José Martí, fallecido en combate en 1895, y sostenida desde el otro extremo del continente por el uruguayo José Enrique Rodó: del lado de Ariel, el espíritu bienhechor de raíz ética, queda América Latina; del lado de Calibán, el espíritu materialista y avasallador, Estados Unidos. Cinco años más tarde, en 1903, Calibán avanzaba sobre Panamá para abrir el canal interoceánico y el “I took Panamá” de Teodoro Roosevelt encontró respuesta en la Oda a Roosevelt de Rubén Darío. Filósofos y poetas dieron forma a ese antimperialismo bastante antes de que se izara como bandera marxista, y de ahí salió el ideal político que marcaría el siglo veinte en la región.

La estrategia hegemónica de Washington en el hemisferio quedó sellada por la doctrina Monroe, de 1823: respaldo a dictaduras militares y a gobiernos fraudulentos, tratados abusivos, empréstitos onerosos, injerencias políticas y ocupaciones militares, además de enclaves para explotar petróleo, gas, oro, plata, caucho, guano, salitre, madera y bananos. Aquella visión de garra imperial que parecía superada reaparece hoy en la Estrategia de Seguridad Nacional, el corolario Trump, que reclama el dominio económico, comercial, militar y político sobre América Latina dejando fuera a cualquier otra potencia. Palabras que se creían jubiladas, como gran garrote, patio trasero y diplomacia del dólar, están otra vez de moda. Del otro lado del espejo asoman vasallaje, cipayo, títere y protectorado.

Pocos recursos naturales han pesado tanto en el imaginario latinoamericano como el petróleo: oro negro, enseña de la soberanía y promesa de riqueza y desarrollo, pero también excremento del diablo, semillero de fortunas turbias y de redes de corrupción. La ley petrolera que el dictador venezolano Juan Vicente Gómez promulgó en 1922 venía redactada por abogados de las compañías estadounidenses y selló una subordinación a intereses foráneos que los gobiernos electos posteriores tratarían de atenuar o revertir: primero la ley “fifty-fifty” de 1943, con Isaías Medina Angarita en la presidencia, que obligó a repartir las ganancias por mitades, y después la nacionalización de 1976, decretada por Carlos Andrés Pérez. En México, ningún otro factor avivó tanto el sentimiento nacional durante el siglo veinte hasta que Lázaro Cárdenas sacó el crudo de manos de las trasnacionales en 1938. Bolivia suma tres nacionalizaciones de petróleo y gas: la confiscación de la Standard Oil Company por el régimen militar del general David Toro en 1937, un nuevo episodio con otro gobierno militar encabezado por el general Alfredo Obando en 1969 y la tercera expropiación en 2002, bajo el presidente Evo Morales, que abarcó los yacimientos de gas. En Brasil, Getulio Vargas creó Petrobras en 1953 como monopolio estatal.

Trump ha subrayado con dureza que, por encima de cualquier otro interés en Venezuela, lo que siempre le importó fue el petróleo: “estamos sacando millones y millones de barriles de petróleo”, señaló, porque “al vencedor pertenecen las riquezas”. Con eso retorna a un choque que ya se vivió. El crudo volverá a funcionar como la señal que despierta la sensación de soberanía agredida, adormecida mientras nadie la provocaba.

Fuente: Listín Diario, publicado originalmente el 20 de septiembre de 2026. Texto reelaborado por la redacción de LOSA Radio.

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