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Opinión

La carrera por vivir más años y el negocio de la longevidad

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La idea de vivir más dejó de asociarse al avance de la ciencia y a una vejez con calidad de vida. Lo que se persigue hoy, escribe la columnista Gina Montaner, es traspasar la barrera de los cien años en una carrera que parece aspirar a la vida eterna, con un negocio millonario detrás.

A los creyentes no les bastaba con que el paraíso aguardara después de la muerte: lo que se busca es que ese edén se materialice en una existencia terrenal sin final.

El bombardeo es constante, describe: procedimientos antiedad que van del frío bisturí a todo tipo de pociones inyectables para mantener el rostro lozano, además de complejos vitamínicos y píldoras misteriosas que prometen alargar la vida. A ese arsenal suma el Ozempic, unas inyecciones con beneficio probado para los diabéticos que inhiben el apetito. En una mesa se nota quién no las usa, observa: el comensal que rebaña el plato se delata mientras los demás juegan disimuladamente con la comida que pidieron solo para quedar bien.

La última moda son las resonancias magnéticas de cuerpo entero para atajar a tiempo cualquier mal agazapado aunque no haya síntomas. Son pocos los que pueden pagar esas cámaras de ruidos inquietantes y las ondas de radiofrecuencia que recorren el cuerpo en busca de cualquier señal que apunte a un bulto o una sombra. Por su alto costo, son las celebridades y las personas muy ricas las que reciben de sus médicos la recomendación de adelantarse a los asaltos que con el tiempo puede sufrir un organismo con fecha de caducidad. El mensaje, apunta, es hacerle trampas al calendario del ciclo vital siempre que haya un bolsillo lo bastante holgado para un juego tan caro.

Montaner cita un reportaje publicado en el New York Times según el cual no hay evidencia fehaciente de que esas costosas resonancias sirvan de mucho para burlar afecciones que aún no son reales y que quizá nunca representen un verdadero peligro. Los expertos piden prudencia ante el exceso de diagnósticos prematuros, que pueden terminar en cirugías o tratamientos agresivos e innecesarios. A los influencers que promueven el aparato de tecnología punta a cambio de usarlo gratis parece importarles poco ese debate, apunta la autora: son los mismos que convierten las redes sociales en un escaparate infinito de productos que garantizan una longevidad fotogénica.

La columnista aclara que ella sigue los protocolos de la medicina y el sentido común: revisiones anuales, los exámenes de turno de acuerdo a la edad y el sexo, las visitas al dentista, la cartilla de vacunación al día, el ejercicio y una alimentación equilibrada. Es el manual de un viaje con principio y fin, que se desea con la menor cantidad de tropiezos en lo afectivo y en lo físico. La pregunta que se hace es si vale la pena tener un mapa de los posibles accidentes del cuerpo para dedicarse a poner parches antes de que aparezca el primer clavo incrustado.

Para la autora, a uno le tienen que sobrar el dinero y la ansiedad para adentrarse en ese campo magnético que atrae a los más pudientes y a los más hipocondríacos, a veces en la misma persona. Recuerda que mucha gente le tiene un miedo grande a la idea de morir, un temor inútil porque la muerte es un hecho inapelable, y que hay quien quisiera llegar a los cien años compitiendo con el retrato de Dorian Gray y con un cerebro a prueba del desgaste inevitable. Ella se conforma con atravesar dignamente la mortalidad hasta la estación de salida. La otra alternativa, escribe, es la que le quita el sueño.

Fuente: Listín Diario, publicado originalmente el 20 de septiembre de 2026. Texto reelaborado por la redacción de LOSA Radio.

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