Saltar al contenido
Opinión

Groenlandia, Ceuta y la pregunta por una invasión sin invasores

por ·

El texto propone imaginar una mañana de lunes con una noticia desconcertante: decenas de naves salidas de Estados Unidos rumbo a Groenlandia. Habrían partido de puertos de Maine, pasado frente a Nueva Escocia y Terranova y subido luego por el mar del Labrador, con miles de ciudadanos estadounidenses a bordo. Un barco de la Guardia Costera los escolta en parte del recorrido; Washington dice que solo se ocupa de su seguridad, pero hay grabaciones que apuntan a que el barco y la flotilla se comunican.

Hacia la tarde habrían desembarcado unas 30.000 personas, muchas cerca de Nuuk. Groenlandia no llega a 57.000 habitantes y su capital ronda los 20.000, así que los hospitales, los alojamientos y los servicios sociales quedarían superados. La mayoría serían hombres, aunque también habría familias completas y miles de menores, entre ellos niños que viajan solos. Esa misma tarde Donald Trump negaría la participación de su gobierno, a la vez que insistiría en la importancia de controlar la isla y en los derechos históricos que Estados Unidos reclama sobre ella. En Bruselas cundiría la preocupación y el gobierno danés se reuniría de emergencia, con su presidenta incluso cortando sus vacaciones.

A Copenhague se le plantea entonces un dilema, porque quienes han llegado a sus costas son personas. Buena parte pide asilo y alega que huye de un país donde los pobres no acceden a oportunidades ni a servicios elementales. Entre ellos hay enfermos, indigentes y personas adictas al fentanilo que buscan tratamiento, además de niños. La columna subraya que treinta mil personas no pierden sus derechos porque su arribo coincida con las fantasías expansionistas de Washington. Y Copenhague sabe que el problema excede lo migratorio.

En el trayecto habrían circulado imágenes de supuestos agentes estadounidenses vestidos de civil dando indicaciones a algunos grupos, y la Guardia Costera conocía la ruta. Resulta difícil aceptar que 30.000 personas cruzaran el Atlántico Norte de forma coordinada sin que su gobierno lo supiera. El texto sostiene que estos recién llegados no son exactamente escudos humanos: son anclas, anclas de carne y hueso, gente vulnerable empleada para fijar presencia en un territorio apetecido. Una multitud que instala un hecho nuevo, difícil de deshacer en términos políticos, legales y morales.

La columna insiste en que se trata de un ejercicio mental y deja al lector sacar sus conclusiones sobre cómo reaccionarían quienes hoy respaldan al gobierno estadounidense ante un escenario así: si hablarían de algo distinto a una emergencia humanitaria o si serían tan comprensivos con Donald Trump como lo son con Mohamed VI. Recuerda que la teoría de la guerra justa separa a combatientes de civiles, y que quien no toma parte en los combates mantiene su condición protegida aunque su presencia ayude al enemigo. La interrogante que sigue es qué pasa cuando esa presencia es justamente el medio escogido para quedarse con un territorio: los recién llegados seguirían siendo civiles que merecen protección, pero cumplirían la tarea estratégica que antes requería soldados.

La Marcha Verde, apunta, no queda tan lejos en el tiempo. De ahí las preguntas con que cierra: si se puede invadir sin invasores, si cabe una conquista donde quienes ocupan el terreno no son combatientes sino personas que el Estado atacado está obligado a proteger y, sobre todo, si la respuesta debería ser idéntica cuando se habla de Ceuta o de Groenlandia.

Fuente: Listín Diario, publicado originalmente el 20 de septiembre de 2026. Texto reelaborado por la redacción de LOSA Radio.

Escribe un comentario

Tu dirección de correo no se publica.