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Opinión

El valor de la palabra y el peso del honor en la vida pública

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Rafael R. Ramírez Ferreira confiesa que leer los periódicos se le hace cuesta arriba cuando comprueba la despreocupación con que ciertos actores sociales responden a situaciones que pedirían seriedad, rigor y decoro. Su columna parte de una sentencia que él mismo formula: el valor de la palabra murió con el peso del honor. Como epígrafes utiliza varias citas, entre ellas una de Ana Carsis: las leyes son como las telarañas, porque los insectos pequeños quedan atrapados y los grandes las rompen.

El autor constata que hoy no alcanza con la palabra dada para cerrar un negocio o adquirir un compromiso: todo debe quedar documentado y firmado. La razón, sostiene, es que la palabra dejó de valer en la vida pública, empujada por la desconfianza, y el honor que la respaldaba se apagó junto con la vergüenza.

Recibe respuestas veloces, muy bien envueltas en propaganda, que al inicio suenan creíbles porque están hechas para decir lo que el público quiere escuchar. El fenómeno, advierte, no es exclusivo de la política de partidos: aparece igual en negocios, en decisiones de instituciones y en el proceder de autoridades. Con frecuencia la apariencia de virtud tapa egos grandes, ambiciones sin límite y una brecha preocupante entre lo que se declara y lo que se hace.

Al autor le inquieta sobre todo la soltura con que se miente, se arma un relato conveniente y se recurre a la omisión o la negación como método. Si esas prácticas quedan sin castigo, el encubrimiento se vuelve rutina y sus autores se acomodan en ella. Sostiene que el país acumula desatenciones políticas ante las cuales la ley parece corta, y aclara de inmediato que leyes hay: lo que falta es decisión para aplicarlas a todos por igual, sin privilegios.

Esa fragilidad institucional ayuda a entender, al menos en parte, por qué hay personajes públicos que escapan a consecuencias que sí reciben otros ciudadanos, escribe. Ninguna costumbre no escrita, subraya, debería pesar más que la justicia ni convertir la impunidad en rutina. Reconoce que en un mundo que cambia los valores y la verdad son los primeros en caer, y afirma que mantiene la esperanza de que aparezcan liderazgos con autoridad moral para sacar al país de un mar agitado por la inmadurez, la corrupción, la falta de sensibilidad y el abuso de poder. Esa esperanza, precisa, no puede quedarse en la pasividad: se expresa en exigencias ciudadanas, en instituciones responsables y en apego a la verdad.

El columnista trae a colación la situación que han creado durante décadas una clase política reacia a dar cuentas y una ciudadanía que muchas veces aguanta más de la cuenta. La compara con esa idea del amor como juego arriesgado, donde uno de los dos pierde el control de sí mismo y el otro termina apoderándose de su vida. Algo semejante, plantea, ocurre entre los pueblos y sus gobernantes cuando se concede confianza sin pedir responsabilidades a cambio.

Fuente: El Nacional, publicado originalmente el 20 de septiembre de 2026. Texto reelaborado por la redacción de LOSA Radio.

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