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Opinión

El catecismo recordado: miedo, dogma y obediencia ciega como método

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Ernesto Guerrero cuenta que a los seis años su formación religiosa tomó un rumbo siniestro. A esa edad, cuando otros niños se entretenían descifrando un trompo o aprendiendo a amarrarse los zapatos, él entraba a un mundo donde razonar era pecado y la culpa se servía cada domingo.

Recuerda el ingreso al templo como un sumergirse en el miedo. Entre el humo del incienso y los rezos en voz baja le hablaron de su nuevo mejor amigo: un hombre cubierto de sangre, colgado de un madero, muerto por culpa suya, según le dijeron.

Guarda la frase que le repetían al oído: “Él sufrió por tus pecados”. De niño no alcanzaba a imaginar qué delito horrible habría cometido a los seis años para merecer semejante entrega. La advertencia no dejaba dudas: sin un amor ciego hacia ese ser, terminaría en un infierno eterno, con un vigilante omnipresente que hasta se ocupa de sus pensamientos más insignificantes.

En el catecismo la alimentación intelectual era igual de pobre. Allí supo que la Biblia no se lee como un libro de relatos, sino como un reglamento que no se discute. Frente a las eras geológicas y la evolución que enseña la ciencia, a él le transmitían la “verdad verdadera”: seis mil años de mundo y seis días de creación. Nombrar al Tiranosaurio Rex quedaba descartado, porque los fósiles y el evolucionismo pasaban por una jugarreta del diablo para confundir incautos.

De moral las clases tampoco se quedaban atrás: genocidios, esclavitud, incesto, misoginia, homofobia. Un Dios presentado como amor, observa, mandaba un par de osos a destrozar a quien se burlara de un profeta calvo. Y el rito de la comunión, donde se afirma recibir el cuerpo y la sangre del resucitado, le parecía un banquete caníbal.

Todo eso lo resume en una enseñanza basada en el terror, con la fe como un interruptor: cuando algo deja de tener lógica, basta con apagar el entendimiento y tragarse el dogma.

Hoy, al ver que se insiste en presentar ese libro como brújula moral, no logra evitar una sonrisa amarga. Se pregona la formación de ciudadanos con valores, escribe, y al mismo tiempo se inculca a los niños que preguntar es riesgoso y que acatar sin chistar es la virtud más alta.

De pequeño, aclara, no temía al cuco. Temía a un Dios que supuestamente lo quería tanto que lo espiaba desde lo alto, aguardando su primer error para castigarlo.

Fuente: El Nacional, publicado originalmente el 20 de septiembre de 2026. Texto reelaborado por la redacción de LOSA Radio.

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