El Guillén que conoció Luis Beiro: retrato de un poeta silencioso
por losaradio ·
Un poeta que inventó un decir y, a la vez, un cultor del silencio. Así describe el periodista y escritor Luis Beiro a Nicolás Guillén, una figura demasiado humana, sostiene, para reducirla a un carné rojo o a uno de esos retratos que el tiempo borra. Sus acciones decían más que sus palabras.
Quienes trabajaron a su lado, escribe, aprendieron también a mirar la magnitud de sus contextos.
Recuerda que fue un joven camagüeyano marcado temprano por la muerte de su padre, y que su madre se encargó de darle la mejor instrucción posible. En la entrevista que mantuvo con él, Guillén le confesó su agrado por la decisión de Beiro de abandonar, como él, la carrera de Derecho para trabajar a su lado. Ya estaba viejo, y los golpes de la vida lo habían sofocado lo suficiente para apartarse del oficialismo y recibir a visitantes de buena fe que iban a admirar su obra. No era un hombre triste, precisa, pero respiraba un aire que simulaba un silencio que lo golpeaba.
Beiro menciona a los poetas que Guillén admiraba, entre ellos Heberto Padilla, Samuel Feijóo, Belkis Cuza Malé y Eliseo Diego, y a otros a los que desdeñaba por no tener una obra sólida y merodear por las galerías de la Casa de los Escritores y Artistas con la frente en alto. Lo sitúa subiendo a su oficina de la segunda planta de la vieja casona de las calles 17 y H, en el Vedado, donde esperaba a sus amigos para alegrarse la vida y escapar de aquellos rumores intelectuales que solo producen vanidad, envidia e ínfulas de grandeza.
En sus últimos años de vida, Guillén se dedicó a corregir los tomos de su Poesía Completa y su Prosa de Prisa. Entraba y salía del ascensor con las pruebas de galera entre las manos, un día tras otro, recuerda el autor, que contó con su anuencia para presidir el sindicato de empleados de la UNEAC por un año. También relata que lograron sacarlo de su oficina y que, como un joven quinceañero, participaba en los encuentros sabatinos, lejos de las figuras de cartón que tanto le molestaban. Beiro se alió con empleados afines al poeta y cada semana organizaban actividades distintas pensando en el público infantil y juvenil.
El encanto duró un año. Guillén se operó de una enfermedad que nunca debió tener y el autor pasó a la retaguardia, a permanecer a su lado hasta su muerte. Casi al final, cuando ya no podía caminar, ingresó para nuevos estudios, aunque Beiro sabía que no estaba allí para su resguardo: lo carcomía, sin saberlo, una enfermedad terminal en una de sus piernas. En sus estadías en aquel centro asistencial supo que en otra habitación se consumía por el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida el poeta Luis Rogelio Nogueras, conocido como Wichy el rojo, uno de los tantos no afines con la obra de Guillén, que había contraído el virus en un sauna de Nueva York, algo que el autor pone en duda por su carácter extrovertido.
Beiro recuerda que Guillén no comprimía sus gustos: almorzaba en La Bodeguita del Medio cerdo asado con arroz moro, aguacate y tostones, y tomaba mojito entre amigos y músicos. Relata que en una ocasión echó de la UNEAC, bastante molesto, a un dúo de intérpretes que acudía casi a diario con musicalizaciones de sus textos, pero cuyo fin era otro: tras ser escuchados por Ángel Augier, el biógrafo oficial de Guillén, aceptaron musicalizar también textos suyos a espaldas del poeta. Guillén les dijo que eso no era serio, que demostraban lo poco que les importaba lo que escribía, y que no volvieran a su oficina. El autor cierra con otra frase del poeta, comunista pero no tonto, a quien le molestaba hacer favores por razón de su cargo, incluso a su familia: “El que siempre pide, llega el momento en que debe dar. Y yo solo escribo poesía. No sé hacer otra cosa”.
Fuente: Listín Diario, publicado originalmente el 20 de septiembre de 2026. Texto reelaborado por la redacción de LOSA Radio.