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Médico exclama que Dios proteja a la humanidad de posibles efectos secundarios por vacuna COVID-19

EL NUEVO DIARIO, SANTO DOMINGO.- El médico cardiólogo doctor Roberto Fernández de Castro T. puso de relieve la incredulidad y la incertidumbre que predominan en torno a las diferentes vacunas creadas para combatir el COVID-19.

En un artículo donde comenta sobre el origen de las primeras vacunas en el mundo, el profesional de la medicina deplora que el aspecto comercial se imponga por encima de la verdadera utilidad del antídoto contra el nuevo coronavirus.

Incluso, el también médico internista recomienda a la población encomendarse a Dios para que el Altísimo nos proteja de eventuales efectos secundarios al momento de recibir la inoculación contra el mortal virus.

Fernández de Castro T. cuestiona que la carrera de la industria farmacéutica por tener disponible la mayor cantidad de vacunas, está poniendo en dudas el valor que una vez tuvieron otras inmunizaciones.

Subraya que, en tiempos de tempestades, y no de cólera, de crisis sanitarias sin precedentes, “nos enfrentamos a un proceso de vacunación mundial donde la incredulidad y la incertidumbre dominan”.

En ese sentido, y de manera textual el galeno puntualiza: “Prima más el valor comercial que su utilidad real. No nos queda otro remedio, sino acogernos a la voluntad predominante, encomendándonos al señor de que nos proteja de cualquier efecto secundario”.

En su artículo, el cual reproducimos íntegro más abajo, el cardiólogo realiza un paseo por la historia al referirse sobre el descubrimiento de la vacuna contra la viruela, que se le atribuye a Edward Jenner, en el 1798.

Recuerda que a pesar de que en menos de un siglo la viruela diezmó casi por completo las poblaciones indígenas del nuevo mundo, felizmente fue erradicada gracias a la vacuna, siendo la primera y única enfermedad eliminada de la humanidad.

En ese sentido, afirma que no se ha reportado ningún caso de viruela en 41 años de la declaración de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

A continuación, el artículo íntegro del doctor Roberto Fernández de Castro T.:

 

“A Flor de Piel”: A Propósito de la Primera Vacunación en América.

Dr. Roberto Fernández de Castro T.

Edward Jenner había descubierto la vacuna contra la viruela en 1798, cuando inoculó a un niño a partir de la pústula de una joven que padecía viruela bovina, de donde obtuvo su nombre: vacuna del latín “vacca”, vaca. En menos de un siglo la viruela había diezmado casi por completo las poblaciones indígenas del nuevo mundo: millones de personas murieron en pocos años, estas preocupaciones llevaron al Rey Carlos IV, del Imperio más grande del mundo a llevar a cabo la primera vacunación masiva. Así partió del puerto de La Coruña, en el año 1803, “La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna”, lidereada por un médico director, un médico ayudante, una enfermera, 22 niños huérfanos y una dotación de 12 marinos a bordo de una corbeta. Un viaje que duró 3 años y abarcó 3 continentes a los territorios españoles de ultramar, sobreviviendo a temporales y naufragios.

Es el motivo de la novela histórica: “A Flor de Piel”, de Javier Moro (Ed. Seix Barral, 2015). Una de las novelas más apasionante que hemos leído. Tres personajes se destacan en la novela: Isabel Zendal, enfermera rectora de un Orfanato que cuidaría a los infantes, el Dr. Francisco Javier Balmis, director de la expedición y el Dr. Jose Salvany y LLeopart, subdirector, ambos se disputarían la atención y el amor de la única mujer de la expedición.

La narración relata el periplo del proceso de embarcar 2 niños infectados de Viruela a quienes se le extraían secreciones de las pústulas 10 días después y se inoculaban a 2 infantes sanos, hasta su llegada a San Juan, Puerto Rico, luego a Caracas, dónde se dividió en dos expediciones: una comandada por el Dr. Salvany que se dirigió a Cartagena, Medellín, Quito, Lima y La Paz, y la otra encabezada por el Dr. Balmis que se dirigió a la Isla de Santo Domingo, La Habana, Guatemala y México, una vez concluida la vacunación en las Américas, se dirigió a Las Filipinas y finalizó en Cantón y Macao.

En cada una de las colonias se vacunó a la población indígena y mestiza y se entrenó al personal médico y auxiliar para su continuación a través de juntas de vacunación locales. Se calcula que en la expedición se vacunaron unas 250,000 personas. Hubo que sortear calamidades y dificultades inimaginables: ríos y selvas indomables, montañas y rutas inaccesibles, negociar con líderes tribales, políticos mestizos y autoridades eclesiásticas, todos buscando su protagonismo en una empresa sin beneficios. Hubo comarcas en las que fueron recibidos cómo héroes, en otras tuvieron grandes dificultades. Las personas vacunadas desarrollaban una forma leve de la enfermedad, lo que despertó suspicacias entre la población no vacunada.

Pasaron casi dos siglos antes de que la Viruela fuera declarada erradicada del mundo en el 1980, fue la primera y única enfermedad eliminada de la humanidad. No se ha reportado ningún caso en 41 años de la declaración de la OMS. Antes de la fecha de erradicación era requisito para viajar tener la vacuna contra la viruela, muy en especial, en países con prevalencias elevadas de la enfermedad. No era posible viajar sin el documento que validara las vacunaciones. Por igual se exigía con otras enfermedades.

En tiempos de tempestades, y no de cólera, de crisis sanitarias sin precedentes, nos enfrentamos a un proceso de vacunación mundial dónde la incredulidad y la incertidumbre dominan.

La carrera de la industria farmacéutica por tener disponible la mayor cantidad de vacunas contra él COVID-19, pone en dudas el valor que otrora vez tuvieron otras. Prima más el valor comercial que su utilidad real. No nos queda otro remedio, sino acogernos a la voluntad predominante, encomendándonos al señor de que nos proteja de cualquier efecto secundario.

Fuente: El Nuevo Diario

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