Macron desoye a los científicos y rehúsa endurecer las restricciones por el coronavirus

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El presidente quiere «evitar (más) limitaciones de libertades que parte de la población podría no aceptar».

Gente con mascarillas pasea por una concurrida calle de París.

Gente con mascarillas pasea por una concurrida calle de París.
REUTERS

El profesor Jean François Delfraissy, presidente del consejo científico que asesora al Gobierno francés, le emplazó hace una semana a «tomar decisiones difíciles». Pero el presidente de la República, Emmanuel Macron, dijo no a endurecer aún más las restricciones a la ciudadanía por el Covid-19.

Su primer ministro, Jean Castex, lo verbalizó en la Asamblea: «La coherencia de la política del Gobierno, es simple: se llama vivir con el virus«. Así que la obligación de llevar mascarilla, vigente en París y otras metrópolis así como en los transportes públicos, no se extenderá indiscriminadamente. Ni se cerrarán los bares.

En dos consejos de Defensa, un órgano restringido del Ejecutivo con los ministros clave, ha fijado el rumbo «convencido de que hay que dejar vivir a la gente y proteger a los más frágiles». Palabras que Le Monde atribuye a alguien cercano al inquilino del Elíseo.

Uno de los participantes del consejo de Defensa francés, el ministro de Economía y Finanzas, Bruno Le Maire, ha anunciado este viernes su positivo en Covid-19. Le Maire, de 51 años, asegura que no presenta «ningún síntoma» y que continuará ejerciendo sus funciones desde su aislamiento domiciliario.

Stéphane Séjourné, eurodiputado y ex consejero del presidente, ha añadido otra razón para no añadir más restricciones: «Restringir la circulación del virus es la prioridad pero el presidente quiere evitar a toda costa una escalada de restricciones de libertades que una parte de la población podría no aceptar».

La encuesta anual de Ipsos «Fracturas francesas», publicada esta semana por Le Monde, mide bien ese riesgo. Un 43% de los franceses declara que, cuando llegue la vacuna, no piensa ponérsela. ¿Por qué? Un 63% duda de su eficacia y un 46% teme sus efectos secundarios. Interesante: el 56% de los galos refractarios vota a Le Pen.

El Ejecutivo francés actúa bajo la cobertura legal del estado de urgencia sanitaria. Termina el 30 de octubre pero presentará un nuevo proyecto de ley para prolongarlo hasta el 31 de marzo. El procedimiento deja en manos de los prefectos (equivalentes a nuestros subdelegados del gobierno en cada provincia) la adopción de medidas que limitan las libertades. La mascarilla es obligatoria en París, por ejemplo, pero no en todo el territorio francés.

Restricciones en Niza, Marsella y Burdeos

Este viernes el prefecto de Niza ha limitado a diez personas los grupos que pueden permanecer juntos en parques y playas, ordenado que los bares cierren media hora después de la medianoche e impuesto que el partido de Liga entre el club local y el PSG se juegue sin público.

Medidas similares se han adoptado en las conurbaciones de Marsella y Burdeos (donde está prohibido beber de pie en los bares o en la calle). Lyon debe adoptarlas en próximos días. En el resto del país, la asistencia a los estadios está limitada a 5.000 personas.

Esta tensión llega en ocasiones a los tribunales. Así el tribunal administrativo de Estrasburgo ha rechazado en dos ocasiones la extensión a toda la capital alsaciana de la obligatoriedad de la mascarilla. Considera que la decisión que adoptó la prefecta Josiane Chevalier era «manifiestamente grave y un atentado grave a la libertad individual». Además le exigía que identificara «los barrios de gran densidad o de fuerte frecuentación». Otro fallo en Lyon fue en el mismo sentido. En pocas palabras: las restricciones, a medida y justificadas debidamente.

¿Entonces, la situación en Francia no es grave? ¿No se han disparado los contagios? Cuidado, es grave. Y la epidemia ha vuelto a propagarse: ya se superan los 10.000 contagios diarios. El nivel de alerta está fijado en 50 positivos por 100.000 habitantes. En París estamos en 140. Otra docena de urbes está en alerta. Los peores registros, Burdeos (201) y Marsella (279).

Pero el número clave no es ese. La tasa de contagio es 1,2 cuando en el pico de primavera pasaba de 3. Ese dato sí es preocupante. Por encima de 1,2 se estima díficil frenar el avance de una epidemia. Ahora, el número de afectados se duplica cada dos semanas. En primavera, cada tres días.

Ponemos la lupa en el peor foco actual, Marsella. En primavera fue un territorio donde el virus no circuló mucho. Hasta el punto que se trasladaron allí pacientes graves de otras regiones. De las 537 camas UCI, el 10 de abril llegó a tener 441 ocupadas. El 14 de agosto, sólo quedaban 13 pacientes. Actualmente, hay ingresados 139 enfermos. El 26% , el doble de la tasa nacional de ocupación. El problema es la velocidad del contagio. Si las restricciones no logran frenar la progresión, a finales de septiembre habrá 300 pacientes en urgencias y a mediados de octubre se habrá alcanzado la ocupación total de las UCIs.

Es decir, que las cosas se pueden volver a poner muy feas. Pero Macron prefiere hilar fino. En unos casos apretando. En otros, aflojando. Por ejemplo, en las escuelas. A partir de ahora, harán falta dos contagios, en lugar de uno, para cerrar una clase. Porque es importante que los niños sigan yendo a clase y porque, según todos los expertos, «los niños son muy poco transmisores». A día de hoy, hay cerrados 81 centros escolares. Esto es, el 0.13% de los más de 60.000.

Eso no quiere decir que todo funcione bien en Francia. En el Consejo de Defensa del 11 de septiembre, Macron abroncó al ministro de Sanidad. Olivier Verin, que es médico para más inri, se jactaba de que Francia ya ha conseguido realizar más de un millón de test a la semana. .. pero los resultados tardan más de una semana. Y hay colas largas en todos los laboratorios.

«El gobierno perdió la batalla de la comunicación sobre las mascarillas, falto de humildad para confesar su inexperiencia inicial. Macron no quiere perder del mismo modo la batalla de los tests», concluía Guillaume Tabard, analista político de Le Figaro.


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Fuente: El Mundo

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