Internacionales

Cumbres mundiales por control remoto: la era de la Zoomplomacia

El sábado 31 de mayo de 1975 por la tarde, Francisco Franco se quedó dormido en una reunión. No hubiera sido más que una anécdota sin relevancia, dado que estaba enfermo y le quedaban menos de seis meses de vida. El problema fue dónde se quedó dormido: en una reunión en El Pardo con el presidente de Estados Unidos, Gerald Ford, que había llegado de visita a Madrid aquella mañana, y había recorrido la ciudad con Franco, en una visita retransmitida por Radiotelevisión Española para demostrar la estabilidad de la alianza entre Estados Unidos y España.

Han pasado 45 años. Y eso, probablemente, no sucedería hoy. No porque los jefes de Estado y de Gobierno no corran el riesgo de dormirse. Más bien al contrario: en la cumbre árabe de marzo de 2017, la web estadounidense Buzzfeed publicó fotos de cuatro de los 17 líderes asistentes durmiendo en mitad de las sesiones. La razón es más simple: no hay cumbres. De hecho, apenas hay relaciones ‘cara a cara’ entre los diplomáticos del mundo.

El Covid-19 ha puesto la diplomacia del confinamiento. Hoy, lo que se practica es la ‘Zoomplomacia’, una palabra compuesta por ‘Zoom’, es decir, la empresa de videoconferencias que más ha crecido en el mundo por las limitaciones en los viajes y contactos personales causadas por la pandemia, y ‘diplomacia’. El término sólo tiene dos meses, pero una búsqueda en Google revela más de 5.200 referencias en internet.

Este mes llega el máximo ejemplo de esta situación. El lunes, Naciones Unidas celebra su 75 aniversario en una cumbre ‘virtual’ en la que hablarán por vídeo los jefes de Estado y de Gobierno de los países miembros, entre ellos el Rey Felipe VI. Al día siguiente, se abre la Asamblea General, con los discursos de Jair Bolsonaro, Donald Trump, Vladimir Putin, Xi Jinping, Miguel Díaz-Canel, y Emmanuel Macron (Pedro Sánchez habla el viernes). Todos, por videoconferencia, con la posible excepción de Trump, que no descarta plantarse en Nueva York y dar un discurso a un Salón de Actos de 1.750 metros cuadrados (50 metros de largo por 35 de ancho) totalmente vacío. La semana siguiente, la ONU celebra otras dos cumbres virtuales: una sobre biodiversidad, y otra sobre derechos de la mujer.

La ‘Zoomplomacia’ ha vuelto del revés las rutinas de las relaciones internacionales. «A través de internet, no es posible ‘leer’ los gestos del interlocutor, o el tono de voz, ni mirar a los ojos a la otra persona, y ésas son cosas fundamentales en toda relación humana», explica Fidel Sendagorta, director general de Política Exterior y autor del libro ‘Estrategias de Poder: La pugna por la hegemonía mundial tras la gran pandemia’, que acaba de publicar Deusto.

En realidad, la tecnología ha salvado a la diplomacia en un momento de ‘cierre’ de la actividad mundial. «Es sorprendente la capacidad de adaptación que han mostrado», declara Daniel Ureña, presidente de la consultora de comunicación y asuntos públicos MAS Consulting y del think tank Hispanic Council, que promueve las relaciones entre España y EEUU. Pero ese salvador es un sustituto imperfecto. En una pantalla no se puede charlar en los pasillos o tomar café entre reunión y reunión. Ni, tampoco, asistir a recepciones, almuerzos, desayunos o cenas, por la sencilla razón de que no las hay o, si se celebran, es siempre con un aforo limitado y guardando la distancia social, lo que limita el intercambio de información. Como dijo en 1985 uno de los diplomáticos más formidables -y desconocidos- de Estados Unidos en el siglo XX, el entonces embajador de Estados Unidos en la ONU Vernon Walters, al ‘Washington Post’, «quien se crea que no se puede influir en alguien en un cóctel, es que jamás ha ido a uno». Walters, abstemio, soltero de por vida y sin más pasiones conocidas que el trabajo, no se perdía una recepción.

Hoy, esa vida ‘cortesana’ está tan fría como Walters, que falleció hace 18 años. Y el resultado es una cascada de complicaciones para los Gobiernos.

Los problemas están en todas partes. Un ejemplo: en las ‘cumbres’, el ministro o el presidente sólo leen unos puntos escritos en un papel. El resto ha sido negociado previamente. Y, en los recesos de la ‘cumbre’, ese ministro y sus asesores aprovechan para reunirse con los representantes de aquellos países que hayan mostrado, al tomar la palabra, posiciones similares. Pero, si la reunión es virtual, no hay manera de ‘echarle el guante’ a quien haya dicho algo con lo que uno coincida y tratar de pactar una posición común.

Otras prácticas, como lo que en la ONU se llama «burden sharing» («compartir la carga»), y que consiste en que varios países colaboran de manera informal con una organización que los representa son ahora más complicados, y se tienen que hacer con una mezcla de teléfono, email y Whatsapp que hace que el proceso sea mucho más lento.

En regímenes autoritarios, la situación del país no se capta a través de la lectura de una prensa o internet sometidos a censura, sino con conversaciones no sólo con la oposición sino, en muchos casos, con personalidades del propio régimen o de la sociedad civil, que están dispuestos a hablar sólo si no hay peligro de ser espiados, por ejemplo, en las recepciones de las embajadas extranjeras. Así que, en las distancias cortas, un diplomático hábil puede enterarse de mucho, no sólo por lo que le digan, sino por lo que le dejen de decir o por lo que le insinúen. Por Whatsapp o Telegram nadie se va a exponer a hablar. «La tecnología no es un amigo de la diplomacia, sino más bien un obstáculo, porque plantea el temor de la falta de seguridad de esos sistemas», explica Brett Bruen, ex diplomático estadounidense, que fue director de comunicaciones del Consejo de Seguridad Nacional con Barack Obama y ahora preside la consultora Global Situation Room.

Los indicios de espionaje por parte de terceros países se han multiplicado. Pero, además, el peligro no viene sólo de James Bond… sino también de Mark Zuckerberg. Si usted habla de una persona por WhatsApp, al día siguiente, la propietaria de la red de mensajería y telefonía, Facebook, le propondrá que lo añada como ‘amigo’ en esa red social. El problema es que WhatsApp es una de las herramientas más empleadas por los diplomáticos de todo el mundo para reemplazar a los encuentros en persona. En abril, la propia Zoom fue demandada por compartir con Facebook información personal de millones de usuarios sin el conocimiento de éstos. Ya en julio de 2019, Apple había eliminado la app de esa empresa de sus ordenadores Macintosh tras detectar una cascada de problemas de privacidad y seguridad en su software. En general, los diplomáticos de los países democráticos temen haber perdido confidencialidad en sus conversaciones desde la llegada del Covid-19.

Racionalizar

No todo, sin embargo, es complicado. Es posible que el Covid-19 acabe provocando una racionalización de la acción exterior de los países. Es previsible que, cuando la situación se normalice, no se reinicien prácticas como la de viajar en avión un día entero, estar en una reunión de dos horas sólo para ‘calentar la silla’, y retornar inmediatamente después. Ahí sí puede tener sentido la ‘Zoomplomacia’. Claro que eso también puede causar una nueva dislocación, si se genera la impresión de que hay dos tipos de reuniones: las de ‘primera’, en persona, y las de ‘segunda’, a través de internet.

Porque, aunque no aparezca en los manuales de Ciencias Políticas, la ‘química’ entre diplomáticos y líderes pueden ser mucho más claves a la hora de decidir el rumbo de las relaciones internacionales. Los ejemplos son infinitos. Mijaíl Gorbachov se ganó a Margaret Thatcher en su primera reunión en 1984, antes de ser nombrado secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, y, cuando alcanzó ese puesto, la primera ministra británica fue el primer líder occidental en reunirse con él. A su vez, Thatcher transmitió su buena impresión del soviético a Ronald Reagan. Todo se basó en relaciones personales. A la inversa, George W. Bush interpretó la actitud del presidente francés Jacques Chirac tras los atentados del 11-S como una muestra de superioridad. El hecho de que Chirac recordara a Bush ‘hijo’ su amistad con su padre empeoró las cosas, porque las relaciones entre los dos Bush son pésimas.

Poco después, tras reunirse con aquel presidente de EEUU, el entonces canciller alemán Gerhard Schroeder dijo que Bush «oye voces en la cabeza», lo que indicaba que la química entre ambos era, más bien, inflamable. Y la excelente relación entre el exiliado iraquí Ahmad Chalabi y el entonces decano de la escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad Johns Hopkins, Paul Wolfowitz, probablemente jugó un papel importante en la decisión del segundo de promover la invasión de Irak en 2003, cuando ocupaba el puesto de subsecretario de Defensa de EEUU.

Así que, cuando vio a Franco dormirse, Ford se dio cuenta de que el deterioro físico de éste era mucho mayor de lo que le había dicho la CIA. Era algo que sólo se podía ver en las distancias cortas, donde el acceso a Franco estaba extremadamente controlado por su círculo más íntimo. En televisión, el dictador, aunque envejecido, no salía en tan mal estado. En Zoom, probablemente, tampoco lo hubiera parecido.


Conforme a los criterios de

The Trust Project

Saber más

Fuente: El Mundo

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba